19 de Abril: La hora de los que arriesgaron

ALDO ROJAS PADILLA /

Era Jueves Santo. Caracas amanecía con el ritmo pausado de la liturgia y el recogimiento propio de la Semana Mayor cuando un grupo de criollos decidió que ese día no sería como los demás. El Cabildo de Caracas había convocado una reunión extraordinaria para analizar las consecuencias de la disolución de la Junta Suprema de España y la abdicación del rey Fernando VII. Lo que comenzó como una sesión institucional terminó cambiando el curso de la historia.
Con el apoyo de sectores del pueblo, de las fuerzas armadas, del clero y de destacados intelectuales, el Cabildo depuso al gobernador y capitán general Vicente Emparan y a los demás altos funcionarios españoles. El episodio tiene una escena que la historia ha preservado con precisión: Emparan, presionado por los presentes, salió al balcón y preguntó al pueblo congregado en la plaza si deseaba que él continuase mandando. El presbítero José Cortés de Madariaga le hizo señas a la multitud para que contestara negativamente. Entonces Emparan dijo que él tampoco quería el mando. Renunció y regresó a España.
Con ese gesto — casi teatral, casi incruento — comenzó formalmente el proceso que llevaría a la independencia de Venezuela. Los sucesos dieron lugar a la formación de la Junta Suprema de Caracas, que sería replicada en otras provincias. El 2 de marzo de 1811 se formaría el primer Congreso de Venezuela, que luego declararía la Independencia el 5 de julio y dictaría la primera Constitución en diciembre de ese mismo año.
Pero antes de la gloria hubo una decisión. Y esa decisión la tomaron personas concretas, con nombres y apellidos, en una mañana que bien pudo haber transcurrido sin sobresaltos.
Eso es lo que el tiempo tiende a borrar: que detrás de cada fecha patria hubo hombres que eligieron arriesgar cuando los cálculos más prudentes aconsejaban esperar. Que la causa no se construyó sola. Que alguien tuvo que dar el primer paso sin saber si habría un segundo.
El historiador Caracciolo Parra Pérez escribió que el Acta del 19 de abril consagró la toma de posesión del mando político por el Cabildo, dictando medidas revolucionarias que marcaron desde el primer momento la orientación del movimiento. Era, en esencia, un acto civil. No fue una batalla. Fue una convicción hecha estructura.
Y junto a los que convocaron, los que firmaron, los que arriesgaron ese Jueves Santo, existieron también — como en todas las épocas y en todas las causas — los que esperaron a ver cómo se acomodaba el viento antes de pronunciarse. No es un reproche histórico. Es simplemente la condición humana en toda su complejidad: hay quienes construyen desde el principio y hay quienes llegan a ocupar espacios que otros mantuvieron en pie a fuerza de compromiso, dignidad y lealtad silenciosa.
La historia no los condena. Simplemente los distingue.
Hay una soledad particular en el que sostiene cuando todavía no hay certeza. En el que sigue firme no porque el camino esté despejado, sino porque su convicción no depende de las circunstancias. Esa soledad no aparece en los discursos del mediodía frente a la plaza. Pero es la misma que debieron sentir aquellos criollos en la madrugada previa al 19 de abril, cuando aún no sabían si alguien más se sumaría.
Se sumaron. El pueblo respondió. La historia les dio la razón.
Pero eso no lo sabían esa mañana. Lo que tenían era otra cosa: una convicción que no negociaban, ni siquiera consigo mismos.
Doscientos dieciséis años después, Venezuela sigue necesitando de ese tipo de decisión. No el heroísmo de los libros de texto, sino el más cotidiano y menos celebrado: el de quienes sostienen lo que creen sin garantías, sin certeza de que alguien lo reconocerá.
El 19 de abril no es solo una fecha en el calendario. Es una pregunta que se repite cada año, puntual e incómoda: ¿de qué lado estás tú?

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