Educadores y educación para reconstruir la nación

RAIMOND GUTIÉRREZ /
 
Se dice que en la puerta principal de la Universidad de Stellenbosch, en Sudáfrica, fue fijado el siguiente mensaje: «Para destruir cualquier nación no se requiere el uso de bombas atómicas o el uso de misiles de largo alcance, solo se requiere de un bajo nivel educativo, ignorancia de su historia y que sus estudiantes hagan trampas en los exámenes y ante cualquier barrera que encuentren en la vida. Los pacientes mueren a manos de esos médicos. Los edificios se derrumban a manos de esos ingenieros. El dinero se pierde a manos de esos economistas y contadores. La humanidad muere a manos de esos eruditos religiosos. La justicia se pierde a manos de esos jueces. El colapso de la educación es el colapso de la nación».
La cita viene «de perlas» a la ocasión, pues cada 15 de enero se festeja en Venezuela el Día del Maestro o Día del Educador. Se recuerda así el 15 de enero de 1932 cuando, durante la dictadura de «el Bagre», educadores de la época conformaron la «Sociedad Venezolana de Maestros de Instrucción Primaria» con el fin de defender sus derechos laborales y mejorar la educación en el país; agrupación que posteriormente devino en la actual Federación Venezolana de Maestros y sus 27 sindicatos (la familia fevemista).
En efecto, según el filosofar del insigne maestro Andrés Bello López (1781-1865), la soberanía cultural de un país no es posible sino cuando se tiene conciencia sobre lo que representa la educación como la obra más importante del Estado. Por tanto, la educación no solo es trascendental, sino también imprescindible en los procesos de cambio socioeconómico, político y cultural de los pueblos, porque es a través de ella que se impulsa la unidad integradora y se busca la meta del progreso de las sociedades. La educación desarrolla, de forma integral, todas las fuerzas del espíritu y todas las potencialidades; por ello, para delinear el futuro de las sociedades, es necesario educar a los pueblos para que puedan aprovechar sus recursos naturales, transformar el medio ambiente en donde se localizan, impulsar la creatividad que irradie autenticidad en su cultura y avivar el sentimiento de unidad e integración con los pueblos hermanos.
Por su parte, el pedagogo Cecilio Acosta Revete (1818-1881) –en recordación que oportunamente me hace el profesor Vladimir Devies Osorio, de Chivacoa–, con su frase «Solo un pueblo educado tiene libertad», resumía la convicción de que la educación es la base fundamental para la verdadera emancipación y el progreso de una nación. Esta transforma a los ciudadanos en individuos críticos y conscientes, capaces de dirigir su propio destino y construir una sociedad justa; no solo industrial o materialmente próspera, sino también moralmente elevada y verdaderamente libre, conectando el saber con la emancipación y la autodeterminación.
Más recientemente, el maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa (1902-1993) concebía la educación como una herramienta para la transformación social, la democracia y la formación de un ciudadano integral, libre y responsable. Promovía el «Estado docente» que garantiza una educación pública, gratuita y de calidad, conectando el trabajo con el saber y la cultura para una sociedad equitativa. Su enfoque humanista y crítico, buscaba una educación inclusiva que superara el elitismo y formara para la vida y la participación democrática.
Para esta ocasión, no precisamente de celebración, rescatamos la tesis del «Estado docente» del insigne margariteño, la cual elaboró a partir del concepto Estado social de Hermann Heller, de la escuela política alemana. Esta tesis la expuso Prieto Figueroa en una conferencia dictada en la escuela normal Miguel Antonio Caro, en agosto de 1946, en los términos siguientes: «Todo Estado responsable y con autoridad real asume como función suya la orientación general de la educación. Esa orientación expresa su doctrina política y en consecuencia, conforma la conciencia de los ciudadanos».
Sin embargo, en estos tiempos –como ya lo dedujimos– no hay motivos para celebrar, dado que: existen varios educadores privados de libertad por motivos políticos (Dignora Hernández y Luis Camacaro entre ellos), además del adoctrinamiento ideológico y la politización de la educación. Se suman los insignificantes salarios que reciben y su escaso poder adquisitivo, cuyo monto no alcanza para cubrir ni siquiera una sexta parte de la volátil canasta básica alimentaria (que en octubre de 2025 alcanzó la «módica» cantidad de 590 USD).
Por tanto, urge reivindicar –no solo salarialmente, sino en todos los órdenes– a los docentes venezolanos, al valor del trabajo educativo y a la educación propiamente dicha (único instrumento para lograr la igualdad de oportunidades); porque en las manos de aquellos está la grandiosa e inmarcesible fuerza creadora de valores en sus discentes (los que aprenden), integradores del civismo nacional. Noble, útil, necesaria e importantísima profesión que ejecutan en la segunda escuela, pues el hogar ha de ser la primera.
Para tal reivindicación, es necesario comenzar de inmediato por recuperar al país mediante la ejecución de nuevas políticas de estabilización y expansión económica. En el área educativa particularmente, es preciso y urgente emprender un programa sostenido de masiva inversión pública y privada, con la ejecución paralela de un plan temporal de ayuda humanitaria de emergencia –con especial atención a grupos educandos vulnerables–, rescatando la infraestructura pública educacional con cambios radicales que permitan ampliar el alcance, cobertura y calidad del servicio.
El propósito de la educación en Venezuela debe consistir en garantizar que todas las personas tengan igualdad de oportunidades para adquirir las habilidades necesarias y así desplegar su máximo potencial en un mundo cada vez más competitivo y cambiante. Se debe educar para formar ciudadanos que ejerzan su libertad, su autonomía y su capacidad para decidir por sí mismos cómo alcanzar las metas que se propongan. El objetivo ha de ser empoderar a los venezolanos con competencias que abarquen desde la alfabetización básica en lectura y matemáticas hasta el pensamiento crítico, la comunicación efectiva, la colaboración y la confianza en sí mismos. Visualizamos una Venezuela trilingüe en la que todos dominen el español, el inglés y el lenguaje digital.
Para lograr esa visión, debe existir una transformación fundamental del sistema de educación básica y de bachillerato, fomentando la participación privada, la innovación y diversas aproximaciones a la enseñanza. El compromiso de un nuevo gobierno electo debe ser asegurar que nadie quede excluido. Este enfoque transformará la educación primaria y secundaria, permitiendo a las familias inscribir a sus hijos en las instituciones de su elección mediante un sistema de financiamiento centrado en el estudiante, utilizando lo que podría llamarse «vales educativos». Bajo este esquema, tanto en escuelas públicas como privadas, cada estudiante matriculado recibiría financiamiento estatal. Al mismo tiempo, un sistema nacional de exámenes evaluaría los resultados, permitiendo que las familias conozcan la calidad educativa de cada escuela. Este mecanismo incentivaría a las instituciones a esforzarse por la excelencia al competir por el financiamiento. Dicho sistema de vales dependería del ingreso, ofreciendo mayor apoyo a las familias con menos recursos.
En definitiva, se deben implementar iniciativas tales como: «Todos los Niños en la Escuela», una operación de rescate para asegurar que ningún niño quede rezagado al inicio del próximo año escolar; un programa de emergencia para recuperar el aprendizaje fundamental (lectoescritura y matemáticas); la regularización del Programa de Alimentación Escolar, que hoy llega apenas a un tercio de las escuelas; el establecimiento de un marco normativo claro para la participación del sector privado; e iniciar la recuperación progresiva de los ingresos de los maestros.
Pero, cualesquiera que sean las circunstancias, ahora: ¡Gracias, maestros! ¡Muchas gracias!
 
 
 
 

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