Las guerras genocidas de los nazis del presente

Luis Fuenmayor Toro /

Desde octubre de 2023, la entidad sionista genocida que llaman Israel desató una bárbara y devastadora agresión contra el pueblo palestino, dirigida exclusivamente contra la población civil desarmada, en sus hogares y sitios de trabajo en pueblos y ciudades, en escuelas, hospitales y refugios y en caminos y carreteras contra quienes huían de los bombardeos y las masacres. Sus blancos principales, como lo demuestran las cifras de muertos y heridos, han sido los niños, incluso aún en el vientre materno; los jóvenes, las mujeres, entre ellas multitud de embarazadas, y los ancianos. Las víctimas militares se conocen poco, pese a que la propaganda habla de una guerra contra Hamas. El genocida de Netanyahu ha impedido el ingreso de ayuda humanitaria, ha asesinado periodistas y personal de salud, que estaban incluso bajo el amparo de las Naciones Unidas, y una parte de sus acciones son llevadas adelante por francotiradores. No se trata del eufemístico “daño colateral” del pasado; se trata del exterminio alevoso de civiles.
Desde más de una década antes, el ejército nazi de Ucrania venía desatando acciones violentas cotidianas, contra los pobladores de habla rusa del oriente de Ucrania, en la región del Donbass, los cuales, en respuesta a estas constantes agresiones, decidieron por votación de sus habitantes, separarse de Ucrania y constituir repúblicas independientes. Y cuando hablo del ejército nazi ucraniano, no estoy haciendo una calificación gratuita, pues, aparte de su claro comportamiento, tiene entre sus integrantes una suerte de brigada militar nazi, cuyos miembros usan los símbolos nazis con orgullo. Estas fuerzas armadas, el 22 de mayo pasado, perpetraron un terrible atentado contra la Escuela Superior de Pedagogía de Starobilsk, de la Universidad Estatal de la república de Lugansk en el Donbass. ¿Por qué asesinaron a jóvenes estudiantes no combatientes? ¿Por qué a civiles desarmados? ¿Qué hay detrás de estos atroces crímenes?
Estas preguntas se las hace el ruso Aleksandr Guélievich Duguin, analista y estratega político, quien fue un disidente anticomunista en la URSS en los años 80, en artículo reciente (https://www.geopolitika.ru/es/article/chutzpah-o-la-guerra-de-simbolos-escalada. Señala Duguin, refiriéndose a la guerra de Rusia con la OTAN en Ucrania (definición mía), que: “nos enfrentamos a una guerra en la que los símbolos desempeñan un papel enorme, como probablemente ocurre en toda guerra, pero en nuestra época estos símbolos tienen, quizás, una importancia vital”. Es en esta «guerra de símbolos», donde hay que interpretar este atroz atentado, este crimen contra la humanidad, contra la vida, contra la juventud, cometido por los nazis ucranianos. La acción no tenía ningún sentido militar. Y, sin embargo, atacaron de forma selectiva, repetidamente y en varias oleadas, dejando claro que estudiantes y maestros eran sus blancos.
Duguin reflexiona que no hay mayor castigo para el ser humano que enterrar a sus hijos y dice que no hay una palabra en ruso que describa a quien ha perdido un hijo, pues se trata de un hecho antinatural, ya que lo lógico es que los hijos entierren a sus padres. Yo agrego, que tampoco esa palabra existe en castellano, ni en inglés, ni en alemán. Tampoco en griego o chino. Es algo muy doloroso y es precisamente eso lo que querían producir los asesinos de los estudiantes jóvenes de Lugansk. Es una actitud depravada, similar a la de los israelitas y del ejército estadounidense al lanzar sus ataques en la actualidad, como lo hicieron con la escuela de niñas que bombardearon en Irán. Se trata del desprecio absoluto por cualquier norma humana, pues para ellos ese desprecio es el mejor signo de fuerza. 
En el Antiguo Testamento encontramos relatos en los que se exterminaba por completo a los enemigos, incluidos niños, ancianos y mujeres. Esto se está convirtiendo en la norma de las guerras modernas. En EEUU existe el término «chutzpah» (jút spa), para definir a quien actúa con una confianza tan absoluta, que raya en lo inverosímil y perverso. Es como cuando un criminal, sorprendido en flagrancia asesinando o violando, grita como loco que su víctima es el malhechor y con descaro y arrogancia afirma que él es la víctima inocente. Es lo que demuestra Israel en su guerra genocida, una agresividad sádica, interminable, combinada con el afán de provocar lástima. Cuantos más niños palestinos matan, más fuerte gritan sobre el aumento del antisemitismo en el mundo y sobre que ellos son víctimas del mismo. Y los nazis ucranianos actúan exactamente igual. Y a eso se parece la conducta homicida de Trump con los lancheros del Caribe y sus bombardeos en oriente medio. Es la conducta indolente de Europa ante los crímenes atroces israelíes y ucranianos.

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