ALDO ROJAS PADILLA /
Por momentos, el silencio es la única respuesta sensata ante el estruendo de la insensatez. Sin embargo, hay un tipo de silencio que no otorga, sino que carcome; es el silencio de quien observa cómo se desmorona la arquitectura moral de su entorno, ladrillo a ladrillo, sustituida por el cartón piedra de la apariencia y la inmediatez.
Montesquieu, en sus Cartas Persas, nos regaló la parábola de los Trogloditas. No eran monstruos de leyenda, sino un pueblo próspero que, hastiado de la virtud y la rectitud, decidió que las normas eran un estorbo. «Seré feliz —decía cada uno de ellos— si consigo lo que me hace falta; y que los demás se las arreglen como puedan». Bajo esta premisa, que hoy nos resulta inquietantemente familiar, instauraron el reino del egoísmo absoluto.
Lo que siguió en aquella fábula no fue la libertad, sino la tiranía de la mediocridad. Al desaparecer la noción de bien común, el médico se negó a curar si no veía el pago por adelantado, el agricultor dejó de sembrar para otros y el fuerte despojó al débil bajo el aplauso mudo de la mayoría. Lo más doloroso del relato no es la maldad de unos pocos, sino la complicidad gregaria de los muchos. Es la inercia que anula el criterio propio y nos hace aceptar lo inaceptable simplemente porque “así están las cosas” o porque el vecino también lo hace.
Vivimos tiempos donde la astucia se confunde con la inteligencia y la pillería se eleva a la categoría de virtud. Ha surgido una suerte de competencia mezquina disfrazada de mérito, donde “resolver” se ha convertido en el verbo rector, a menudo conjugado a expensas de la dignidad ajena. El mérito, el estudio y la excelencia han sido desplazados al rincón de las antigüedades inútiles, observados con sorna por quienes han descubierto que el atajo, aunque fangoso, llega más rápido que el camino real.
Los Trogloditas de Montesquieu perecieron no por la furia de los elementos ni por designios inescrutables del destino, sino por su propia incapacidad de sostener una sociedad basada en la justicia. Solo sobrevivieron dos familias: aquellas que entendieron que el interés particular siempre naufraga si no está atado al mástil del interés general.
Quizás sea hora de mirarnos en ese espejo antiguo. El déficit fundamental no radica en las dificultades visibles que atraviesan nuestra vida cotidiana, sino en la abrumadora abundancia de resignación y la celebración de lo mediocre como estrategia de supervivencia. No podemos detener el flujo implacable del tiempo ni la erosión lenta que desgasta los cimientos de la convivencia; pero sí podemos decidir no ser parte del coro que aplaude el naufragio.
La esperanza real no es una espera pasiva; es un acto de resistencia moral. Rescatar la excelencia en lo pequeño, rechazar el atajo y proteger la verdad aunque sea en voz baja, hasta que el tiempo, que es el juez más severo de todos, devuelva el significado a cada conducta.

