Portuguesa merece más que un desagüe



‎Froilán Sánchez /

‎Existe una realidad irrefutable, que demuestra, que los países no son automáticamente ricos en proporción a los recursos naturales que poseen, si ese fuera el caso, Venezuela sería, sin lugar a dudas, el país más rico del mundo, pero la realidad nos confronta con otra verdad. Nuestro país lo tiene todo: petróleo, gas, diamantes, oro, hierro, coltán, agua dulce, tierras fértiles. Y sin embargo, Venezuela hoy es un país empobrecido, con graves deficiencias en los servicios públicos, en la salud y en la educación.

‎La historia económica del mundo, lo confirma, los países verdaderamente ricos no son los que acumulan minerales, sino los que fomentan la creatividad esencial, la iniciativa, el espíritu emprendedor del ser humano y reconocen ese profundo deseo de mejorar la calidad de vida de su familia. Cada día está más comprobado que el mayor recurso de la humanidad es el ser humano mismo. Japón, Suiza, Hong Kong, Singapur, Corea del Sur, Taiwán, son naciones sin grandes yacimientos naturales y se encuentran hoy entre las más prósperas del mundo. ¿Su “mina”? Escuelas que funcionan, instituciones que respetan, y ciudadanos cuya dignidad no se negocia.

‎Por eso duele ver escenas como la ocurrida recientemente en el estado Portuguesa, niños y adultos bañándose en un canal de drenaje, presentado casi como una “solución” ante la falta de espacios recreativos. No es pintoresco. No es ingenio criollo. Es la normalización de la indignidad.

‎ Burlarse de la dignidad de los portugueseños y de cualquier venezolano, metiéndolos en un canal de aguas servidas y llamarlo piscina, en nada contribuye al desarrollo del país. Al contrario: fomenta todo lo opuesto. Fomenta la resignación en lugar de la exigencia. Fomenta el conformismo en lugar de la creatividad que resuelve. Fomenta la idea perversa de que, como “no hay más”, entonces “esto está bien”.

‎Un canal de drenaje no es un parque. Es un riesgo sanitario. Es leptospirosis, infecciones en la piel, parásitos intestinales. Es decirle a un niño que su derecho al juego vale lo mismo que un tubo de desagüe. Y es decirle a sus padres que su deseo de darle algo mejor a su familia no importa.

‎La riqueza que no se extrae, se construye con dignidad, con educación y con respeto por la vida humana. El desarrollo humano no empieza con un barril de petróleo ni con una tonelada de oro. Empieza cuando un gobierno y una sociedad, entienden que no se puede construir un país próspero humillando a su gente. Que no se desarrolla promoviendo la precariedad como virtud. Que la creatividad del venezolano no debe usarse para sobrevivir en un canal, sino para diseñar, emprender, educar y sanar.

‎Venezuela no necesita más excusas ni más burlas disfrazadas de “noticias virales». Necesita inversión en escuelas, en hospitales, en espacios deportivos dignos, en agua potable que llegue a los hogares. Necesita que se reconozca que el portugueseño, como el zuliano, el andino o el caraqueño, no quiere un canal: quiere oportunidades.

‎Porque un país que se acostumbra a reírse de su propia miseria, termina creyendo que la merece. Y Venezuela no merece eso. Merece respeto, merece dignidad, merece recordar que su mayor recurso no está en el subsuelo, sino en cada ciudadano al que hoy se le niega lo básico.

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