La ilusión del Emprendimiento en Venezuela: entre la supervivencia y la realidad contable


Francisco Javier Bravo Tovar, PhD. * /


En el discurso público venezolano contemporáneo se ha instalado, con la fuerza de una verdad absoluta, la idea de que todo aquel que abre un pequeño negocio es, por definición, un emprendedor. Los medios de comunicación, las redes sociales e incluso ciertas figuras gubernamentales celebran la apertura de una bodega, un abasto o un puesto de comida como un triunfo del espíritu empresarial. Sin embargo, como economista y científico social, tengo el deber ético y académico de señalar que esta narrativa no solo es conceptualmente errónea, es un concepto que oculta una cruda realidad que está destruyendo el tejido productivo de nuestras familias y sociedad venezolana.
Estamos ante un grave error de diagnóstico: hemos confundido la economía de subsistencia con el emprendimiento. Esta confusión semántica no es inocente; tiene consecuencias directas en el diseño de políticas públicas, en la asignación de recursos y, fundamentalmente, en la autopercepción de los propios comerciantes, a quienes se les impide identificar sus verdaderas carencias formativas y estructurales.
Para comprender este fenómeno, debemos mirar los datos macroeconómicos. Según estimaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI, 2023), Venezuela experimentó una contracción de su producto interno bruto superior al 75% entre 2013 y 2021, acompañada de un episodio hiperinflacionario que el Banco Central de Venezuela (BCV, 2019) cuantificó en un 130.060 % anual en 2018. En este entorno de destrucción del valor de la moneda, millones de venezolanos tomaron sus ahorros residuales (o las remesas de sus familiares en el exterior) y los convirtieron en inventario físico para evitar que la inflación los evaporara.
Abrir una bodega bajo estas condiciones no es un acto de innovación; es un mecanismo de preservación patrimonial. El economista Joseph Schumpeter (1934) definió al emprendedor como aquel agente que introduce nuevas combinaciones productivas y genera «destrucción creativa». El micro-comerciante venezolano que replica el mismo modelo de venta que tiene en la esquina no está destruyendo creativamente nada; simplemente está sobreviviendo. El Global Entrepreneurship Monitor (GEM) clasifica esto rigurosamente como «emprendimiento por necesidad» o economía de subsistencia, no como emprendimiento por oportunidad.
El problema se agrava al analizar la gestión interna de estos micro-negocios. Nuestra investigación de campo donde participaron 384 micro-comerciantes, revela que el 91,4 % de estos comerciantes carece de cualquier formación formal en contabilidad o administración. El 76,8% no lleva registros contables de ningún tipo. Esta brecha educativa es letal: sin saber calcular costos de reposición, sin separar las finanzas personales de las del negocio y sin determinar un punto de equilibrio, el comerciante gestiona a ciegas. El resultado es una quiebra técnica silenciosa, donde el negocio cierra en promedio a los diecinueve meses de operación.
A esta fragilidad interna se suma un entorno macroeconómico hostil. El 93,2% de los micro-comerciantes identifica la devaluación del bolívar como su principal amenaza. En una economía con dolarización transaccional de facto, el comerciante cobra en bolívares que se deprecian diariamente, pero debe reponer su inventario a precios referenciados en dólares. Este rezago cambiario genera una descapitalización constante: el comerciante vende mucho, su caja está llena de bolívares, pero al momento de reponer la mercancía, descubre que su capital real ha disminuido.
En medio de esta tormenta operativa, el Estado impone una carga tributaria que el 76,8% de los encuestados percibe como excesiva y regresiva. La coexistencia de impuestos nacionales (ISLR, IVA), municipales (patentes) y parafiscales, aplicada con la misma complejidad burocrática a una gran corporación que a una bodega de barrio, asfixia al micro-comerciante. La exigencia de cumplimiento formal sin la provisión de formación contable básica no es rigor fiscal; es, en la práctica, una trampa regulatoria.
No es casualidad, entonces, que el 68,5 % de estos comerciantes reconozca haber incurrido en evasión o elusión fiscal. Es imperativo, desde la ciencia económica, distinguir entre explicar un fenómeno y justificarlo. La evasión del micro-comerciante no responde a una conducta delictiva organizada, se trata de una racionalidad de supervivencia. Como documentan los estudios clásicos sobre economía informal de Tanzi (2002) y Schneider y Enste (2013), la complejidad regulatoria y la inestabilidad monetaria empujan inevitablemente a los agentes económicos hacia la informalidad.
Al negarnos a llamar las cosas por su nombre, cometemos una injusticia analítica. Si insistimos en llamar «emprendedor» a quien lucha por la subsistencia diaria, le ofreceremos talleres de innovación y mentalidad empresarial cuando lo que realmente necesita es alfabetización financiera básica. Le hablaremos de escalabilidad cuando su única urgencia es aprender a llevar un libro de ingresos y egresos para no comerse su propio capital de trabajo.
La solución exige un cambio de paradigma en la política pública y en la academia. El Estado debe diseñar un régimen tributario único y simplificado para el micro-comercio, eliminando la superposición de tributos. Simultáneamente, las universidades deben abrir sus puertas a la comunidad mediante clínicas contables gratuitas, donde los estudiantes de últimos semestres, bajo supervisión, ayuden a formalizar y organizar las finanzas de los pequeños negocios de sus alrededores. No sirve enseñar el balance general con ejemplos de Coca-Cola o de Polar. Hay que enseñarlo con el saco de arroz, con el kilo de cambur o con el kilo de harina. Hay que enseñar contabilidad con los números reales del bodeguero. Porque cuando la enseñanza se contextualiza, el aprendizaje se apropia. Y cuando el aprendizaje se apropia, el negocio se transforma.
Asimismo, la educación media debe incorporar de manera obligatoria módulos de finanzas personales y contabilidad básica. La alfabetización financiera no es un lujo académico; es una herramienta de ciudadanía y dignidad que permite a las personas tomar decisiones económicas informadas y proteger su patrimonio familiar.
En conclusión, describir con precisión la realidad es el primer acto de justicia hacia quien sobrevive. Debemos dejar de romantizar la pobreza y la informalidad bajo la etiqueta de «emprendimiento». Solo cuando seamos capaces de distinguir entre la subsistencia y el verdadero hecho empresarial, podremos diseñar las herramientas adecuadas para que el venezolano deje de resistir y comience, genuinamente, a construir país.

*Economista, Magíster en Administración de Negocios, Magíster en Ciencias de la Educación, Doctor en Ciencias Económicas, Doctor en Ciencias Sociales, Postdoctor en Pensamiento Filosófico de la Investigación Científica y Postdoctor en Gerencia Postconvencional.

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