Hablando de Violencia

Luis Fuenmayor Toro /

Lo había leído hace mucho tiempo y lo había olvidado. Hace poco me llegó por la red, en dónde siempre aparecen cometas informativos y, a veces, muy pocas, formativos. Al comenzar a leerlo, lo recordé y volví a sentir la misma congoja que la primera vez que lo vi, lo que me identificó instantáneamente con el comentario del gran amigo y vertical luchador social Bruno Gallo, diputado opositor democrático por Avanzada Progresista, quien escribió: “Este texto no importa cuantas veces lo leas… ¡Siempre impresiona!”. Esa opinión me motivó a publicarlo en este artículo, aunque algunos puedan creer que me invadió el “facilismo”.
Inmediatamente me percaté que no recordaba o nunca supe su autoría, pero sin investigar al respecto ni solicitarlo, otro amigo, profesor de psiquiatría e historia de la medicina en la UCV, amante de las letras y de la lengua castellana, Miguel Ángen De Lima, me escribió diciéndome: “Es un texto de inicios de este siglo, cuyo autor, Alaa Al Aswany, es un famoso escritor egipcio”, información que me permite publicarlo con el nombre de su autor, quien procede de una familia de educadores egipcios, y estudió odontología en EEUU y ejerce actualmente la profesión en El Cairo. Les copio el texto en cuestión.         
“El juez miró al hombre que había disparado contra el presidente egipcio Anwar Sadat y le preguntó con calma: — ¿Por qué lo mataste? — Porque era seglar —respondió el asesino. El juez frunció el ceño. — ¿Qué significa “seglar”? El hombre dudó un segundo. — No lo sé. En otro juicio, el acusado había intentado asesinar al escritor Naguib Mahfouz. — ¿Por qué lo apuñalaste? —preguntó el juez. — Porque escribió una novela contra la religión. — ¿La leíste? — No. En una tercera sala, otro hombre enfrentaba cargos por asesinar al intelectual Farag Fouda. — ¿Por qué lo mataste? — Porque no tenía fe. — ¿Cómo lo sabes? — Está en sus libros. — ¿En cuál? Silencio. — No lo sé. No los he leído. — ¿Por qué no los leíste? El hombre bajó la cabeza. — No sé leer ni escribir.
En los tres casos, el patrón era el mismo. Se mataba por ideas que no se entendían.
Se condenaba por palabras que no se habían leído. Se odiaba por conceptos que no se sabían definir. No era convicción. Era repetición. No era fe. Era eco. No era certeza. Era obediencia ciega. La violencia no nació del pensamiento. Nació de la ausencia de él. El odio no se propaga a través del conocimiento. Se propaga donde el conocimiento no llega. Y cada vez que una sociedad renuncia a educar, no crea ignorantes. Crea armas humanas que no saben por qué disparan, pero están dispuestas a hacerlo. Ese es el precio invisible de la ignorancia. Y siempre lo paga alguien que no hizo nada para merecerlo.” Alaa Al Aswany.
El texto se explica por sí solo y se entiende también que su origen sea precisamente en lo que llaman el medio oriente, una de las regiones del globo más involucrada en guerras y enfrentamientos, región colonizada y fragmentada por el imperio inglés, sitio de origen de dos de las tres religiones más influyentes en el mundo y sede operativa del sionismo internacional, a través de la entidad sionista que llaman Israel, de conducta cínica y perversa, que compite ventajosamente con el nacional socialismo hitleriano y que hoy, en forma impune y ante la mirada complaciente o indiferente de buena parte de occidente, comete genocidio en Gaza, en Cisjordania, en El Líbano y en Siria.
Su contenido también refleja lo que se ha desarrollado en la Venezuela de este siglo, que, aunque cualitativamente diferente y cuantitativamente menor, el patrón es parecido: odios, resentimientos, dolor, desesperanza, perplejidad, éxodo, fanatismos, ignorancia, ideologizaciones, divisiones, violencia, autoritarismo, subyugación nacional ante potencia extranjera, luchas internas fútiles y colapso. Todo ello ha afectado a nuestra sociedad y a toda la dirigencia de la misma, la cual no está a la altura del reto por afrontar. Situación que no permite definir un camino conjunto hacia la recuperación de los atributos indispensables de toda nación, entorpece enormemente la recomposición de las bases productivas de la sociedad y el rescate de la democracia, ni tampoco ayuda al logro de una paz duradera, que permita construir algo nuevo.             

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