ELOGIO DE LA DISIDENCIA


 
Aldo Rojas Padilla /
 
Hay una forma de aplaudir que no celebra: administra. Una forma de callar que no reflexiona: obedece. Y hay una forma de consenso que no construye acuerdos sino que los simula, que no unifica voluntades sino que suprime las que disienten. Esa forma de consenso ha devenido, en buena parte de la vida política contemporánea, en el estándar de la lealtad. Quien no aplaude es sospechoso. Quien pregunta, incómodo. Quien objeta, ruido. Este artículo es una defensa de ese hombre.
 
I. El fetiche de la unanimidad
 
La unanimidad tiene mala filosofía detrás. No porque el acuerdo sea imposible o indeseable, sino porque confunde el resultado con el proceso: asume que la ausencia de contradicción es señal de salud institucional, cuando con frecuencia es señal exactamente de lo contrario.
 
Hannah Arendt distinguió con precisión el “poder” de la “violencia”. El poder, en su sentido genuino, nace de la acción concertada entre iguales que conservan su diferencia; es el producto de una pluralidad que delibera. La violencia, en cambio, destruye esa pluralidad: impone la uniformidad como condición de pertenencia. Una organización que proscribe el disenso no ejerce poder en sentido arendtiano: ejerce dominación disfrazada de cohesión. El aplauso unánime no es una demostración de fuerza colectiva; es la evidencia de que la pluralidad ha sido suprimida.
 
Gramsci añade una dimensión más perturbadora aún: la hegemonía más eficaz no opera a través de la prohibición explícita sino a través de la incorporación anticipada del disenso potencial. No se prohíbe hablar: se hace innecesario hacerlo porque los límites de lo decible ya han sido interiorizados. El militante que se autocensura no lo hace porque le cierren la boca; lo hace porque ha aprendido qué palabras cuestan demasiado, qué preguntas abren fisuras peligrosas, qué silencios son preferibles. Esa es la forma más acabada del fetiche: cuando ya no se necesita el guardia porque el prisionero vigila su propia celda.
 
En ese punto, la unanimidad ha dejado de ser un logro político para convertirse en una patología. No produce acuerdos: produce silenciosos. Y los silenciosos, a diferencia de los convencidos, no construyen nada; solo esperan el momento en que el coste de callar supere el coste de hablar.
 
II. La parálisis por silencio
 
La supresión del disenso interno no es solo un problema moral. Es, antes que nada, un problema técnico: una falla de ingeniería institucional con consecuencias demostrables.
 
Todo sistema complejo —biológico, jurídico, político— requiere mecanismos de retroalimentación negativa para funcionar. Esos mecanismos son precisamente los que señalan la desviación, los que advierten del error antes de que se vuelva sistémico, los que permiten la corrección de rumbo sin que la nave encalle. Cuando una organización elimina esos mecanismos —cuando administra el disenso, cuando convierte la crítica en sospecha y la objeción en herejía— no se vuelve más fuerte: se esclerosa. Acumula errores que nadie nombra, sostiene estrategias que nadie cuestiona, reproduce diagnósticos que nadie verifica. La ausencia de disenso no es señal de que todo marcha bien; es señal de que nadie se atreve a decir que algo marcha mal.
 
El resultado es lo que podría llamarse el “monólogo administrado”: una forma de deliberación que conserva las formas del debate sin su sustancia. Se convoca a los cuerpos colectivos, se dan los turnos, se escuchan las voces; pero el rango de lo discutible ya ha sido definido antes de que comience la reunión. No es que se prohíba el desacuerdo: es que el lenguaje institucional ha perdido los recursos gramaticales para formularlo. La organización ya no sabe conversar internamente porque ha desaprendido el vocabulario del conflicto productivo. Solo sabe aclamar.
 
En ese contexto, aparece una figura que merece ser rescatada de las connotaciones heroicas con que suele cargársela: el disidente como técnico, no como rebelde. No el que objeta por temperamento o por ambición contrariada, sino el que se niega a firmar un dictamen que sabe falso; el que no puede validar un diagnóstico que contradice los hechos que tiene ante los ojos; el que entiende que su silencio, en ese momento, no es prudencia sino complicidad. Ese hombre no actúa por rebeldía. Actúa por rigor. Y es precisamente ese rigor el que las organizaciones enfermas de unanimidad procesan con desconfianza. Rara vez lo enfrentan: lo minimizan. Le escatiman el reconocimiento, le reducen el peso, y cuando se abstiene de sumarse a los esfuerzos que no producen nada, le asignan el único diagnóstico disponible para quien no aplaude: la improductividad.
 
III. La voz autónoma como fundamento
 
Kant formuló en 1784 una pregunta que la vida política latinoamericana no ha terminado de responder: “¿Qué es la Ilustración?” Su respuesta fue tan breve como incómoda. La Ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad autoimpuesta. Y la minoría de edad, precisó, no es incapacidad intelectual: es la decisión de no servirse del propio entendimiento sin la dirección de otro. “Sapere aude”. Atrévete a saber. Atrévete a pensar por ti mismo.
 
El militante que suspende su criterio en nombre de la disciplina no está siendo leal: está siendo, en términos kantianos, un menor de edad voluntario. La lealtad que exige pensamiento suspendido no es lealtad política; es servilismo intelectual. Y el servilismo intelectual, por más que se revista de compromiso colectivo, no produce organización política: produce dependencia, inercia y, a la larga, la incapacidad de actuar con criterio propio cuando la dirección falla, porque la dirección siempre termina fallando en algún punto.
 
Desde el derecho, la cuestión adquiere un perfil todavía más preciso. La objeción de conciencia no es en ética jurídica un derecho optativo: es una obligación del operador cuando la norma que se le pide aplicar viola un principio de orden superior. No se trata de preferencia personal ni de comodidad: se trata del límite que separa al profesional del instrumento. Trasladado al plano político, el razonamiento es análogo: quien tiene criterio formado y calla ante el error sistemático no está ejerciendo prudencia; está abdicando de su responsabilidad técnica. El silencio cómplice, en ese marco, no es una forma de lealtad; es una forma de abandono.
 
Disentir, entonces, no es un acto de ruptura: es un acto de continuidad con lo que se dijo creer. Es la demostración de que el compromiso con una causa no se mide por la docilidad con que se acatan sus derivas, sino por la disposición a nombrar sus extravíos cuando los demás prefieren no verlos. La voz que se retira del coro no traiciona la causa; la defiende desde el único lugar desde el que aún puede hacerlo con integridad: el de la autonomía intelectual, que es también, en última instancia, el de la conciencia.
 
No se requiere más. Quien deba entender, entenderá.
 
 

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