CARACAS.- Una tienda de campaña, o carpa como se le dice comúnmente en Venezuela, fue el regalo de Robert a su amigo Weider, residente de un edificio afectado en Caracas por los terremotos y que, por el momento, permanece inhabilitado para albergar y darle cobijo a los centenares de personas que allí vivían.
El vehículo temporalmente averiado de Robert, un taxista caraqueño, no fue un impedimento para llegar hasta su amigo. Weider, también taxista, y su familia habían pasado varias noches durmiendo a la intemperie hasta este domingo, cuando finalmente pudieron resguardarse bajo esa carpa, que ya no es solo un amasijo de tela sintética y aluminio, sino el símbolo de la solidaridad activa que se extiende en Venezuela.
El país sudamericano vive tiempos muy duros. Hace pocos días ocurrió uno de los desastres naturales más graves de la historia de Venezuela. Y en medio del dolor, surge la mano amiga, no solo del rescatista que trabaja arduamente, sino de millones de venezolanos que sienten el dolor ajeno como propio.
En toda la extensión de la avenida Bolívar de Caracas pueden observarse decenas de familias como la de Weider, junto a personas como Robert: vecinos, allegados y ciudadanos que se han volcado a brindar solidaridad a quienes, en el mejor de los casos, han perdido sus viviendas.
Cuatro días antes, en la noche del 24, la tierra se había sacudido con mucha violencia. Dos terremotos, ambos superiores a magnitud 7, alteraron el pulso del país. Según informó recientemente el presidente del Parlamento, Jorge Rodríguez, el balance asciende ya a 1.450 fallecidos y centenares de estructuras colapsadas o dañadas.
La carpa que Robert llevó a su amigo Weider no era suya. Había llegado desde el extranjero, enviada por un amigo colombiano que, al conocer la tragedia, reaccionó sin demora.
«Mi casa aún resiste. Otros no tienen esa suerte», dijo Robert, restando importancia a su esfuerzo. No quiso aparecer en video porque prefiere ayudar en silencio, sin salir en pantalla. En su voz no había épica, sino una convicción serena: en medio del desastre, ayudar no es una opción, es una necesidad compartida.
La ayuda fluye entre ciudadanos. A lo largo de la avenida Bolívar, las aceras se transformaron en corredores de solidaridad. Vehículos cargados de suministros llegan sin protocolo, descargando lo esencial: ropa, medicinas, comida.
Weider aún revive el instante en el que todo comenzó. Estaba en casa, preparándose para su turno nocturno como taxista en Caracas, cuando el edificio empezó a crujir intempestivamente. Afuera, el estruendo fue inmediato, y luego el caos de personas bajando desesperadamente de los edificios de Caracas a toda velocidad.
«El miedo fue instantáneo, pero mi hijo estaba arriba», recordó, y relató los momentos de angustia que vivió al acudir, presuroso, en busca de su hijo.
La estructura no colapsó por completo, afortunadamente. Esa resistencia parcial bastó para salvar vidas, pero no para preservar la habitabilidad. Durante tres noches, la familia permaneció a la intemperie, bajo réplicas frecuentes, como las que suelen ocurrir tras grandes terremotos.
La llegada de la carpa marcó un punto de inflexión. No resolvía todo, pero ofrecía resguardo. Un techo provisional que, en circunstancias extremas, adquiere un valor de oro.
A pocos metros, otro complejo residencial reflejaba la misma fragilidad. Angeli, integrante del comité vecinal, describió a Xinhua la escena con precisión contenida: desde afuera, el edificio parecía intacto; por dentro, era un espacio fracturado.
El recorrido junto a ella confirmaba sus palabras. Grietas abiertas, escaleras expuestas, tuberías rotas que no dejaban de filtrar agua. Los vecinos, organizados, despejaban accesos y rescataban alimentos de sus propios refrigeradores, en una rutina marcada por la urgencia.
Angeli aprovechó el contacto mediático para anunciar sobre las donaciones que, ahora mismo, hacen falta: pañales, leche, fórmulas lácteas para bebés, colchones, mantas. Una lista que resume lo cotidiano intentando recomponerse.
Al hablar del futuro, su mirada se detuvo en el edificio herido. Su voz bajó, pero no dudó: «Seguimos aquí. Eso ya es una segunda oportunidad. Ojalá aprendamos a ser menos indiferentes, más humanos entre nosotros».
Muchos extranjeros comentan que lo que más les gusta de Venezuela es la calidez, cercanía y solidaridad de su gente. Y ahora, en medio de la tragedia, esos títulos honorables se están poniendo en práctica de gran manera. /Agencia Xinhua


