RAIMOND GUTIÉRREZ /
El cemento, el asfalto y el petróleo tienen una propiedad engañosa: pueden maquillar temporalmente la decadencia de una sociedad. Se pueden inaugurar autopistas kilométricas, levantar edificios que desafíen el cielo y tapizar de cemento cada rincón de la geografía, pero si quienes transitan esas vías no saben convivir, el territorio se degrada. Se reduce, como certeramente lo apunta el escritor y analista Toribio Azuaje en su crónica «Desde el conuco», a «una casa grande repleta de gente que no logra aprender a convivir». La tesis de Azuaje no es solo un llamado de atención nostálgico; es un diagnóstico crudo y certero sobre la verdadera raíz de la crisis estructural que atraviesa Venezuela. La fuerza de una nación no se mide en barriles de petróleo, sino en la calidad ética de sus ciudadanos. Y esa calidad, lamentablemente, se dejó de cultivar en las aulas de las escuelas y liceos.
Toribio nos invita a mirar el pasado no con la melancolía estéril del que extraña el ayer, sino con la agudeza del estratega que busca rescatar las herramientas que funcionaban. Evoca con precisión aquellos tiempos en los que los liceos venezolanos no eran meros depósitos de estudiantes, sino verdaderos centros de desarrollo integral. Contaban con laboratorios científicos y, por encima de todo, dictaban una asignatura transversal que moldeaba el espíritu republicano: Formación Social, Moral y Cívica. Esa materia no consistía en memorizar fechas patrias ni en repetir mecánicamente las estrofas del himno nacional durante actos protocolares. Era el espacio donde se entendía que la democracia y la convivencia son contratos sociales prácticos que se ejecutan en el día a día. Al eliminarse o desdibujarse ese eje formativo, la educación venezolana sufrió una amputación de su propósito más noble: enseñar a vivir con los demás.
Una de las grandes bondades del planteamiento de Azuaje es la desmitificación del éxito educativo basado únicamente en las calificaciones o en la acumulación de títulos académicos. La escolaridad formal de ahora ha priorizado el saber técnico –aprender a leer, escribir, sumar y restar– descuidando por completo la formación del ser. El referido conuquero da en el blanco al sostener que una sociedad requiere profesionales competentes, pero que de nada sirven si carecen de honradez y honestidad; evocando aquella frase del Libertador Simón Bolívar en su discurso ante el Congreso de Angostura en 1819: «El talento sin probidad es un azote». Necesitamos ciudadanos capaces de descifrar las necesidades de su entorno y que posean la misma vehemencia para reclamar sus derechos que para asumir y cumplir con sus deberes. Cuando la escuela olvida esta premisa, el semillero de ciudadanía se seca. Lo que queda es una estela de edificaciones escolares solas o en ruinas, que ya no albergan el bullicio de una sociedad viva, sino el silencio de un abandono institucional y moral.
El artículo de Toribio «Desde el conuco» brilla especialmente al aterrizar la ciudadanía en los actos cotidianos más sencillos, despojándola de discursos abstractos. Nos recuerda que un niño que aprende a respetar la palabra de su compañero en el aula está internalizando los valores democráticos fundamentales. Un joven que cuida su pupitre, el jardín de su escuela o el parque de su comunidad comprende de manera orgánica el concepto de lo público: asimila que esos espacios les pertenecen a todos y, por ende, nadie puede utilizarlos a su libre antojo. La verdadera conciencia cívica, sostiene Azuaje con acierto, es aquella que se ejerce por convicción, sin necesidad de que exista un policía o un vigilante amenazando con una sanción. Es la autoregulación del individuo en favor del bienestar colectivo, del bien común.
No obstante, el texto introduce una advertencia a la cual debemos prestar mucha atención, por ineludible: la ciudadanía se aprende principalmente a través del ejemplo. Existe un peligro sistémico cuando las instancias del poder se convierten en un charco de inmundicia, corrupción e intolerancia. Si las autoridades dedicadas a resguardar el orden recurren al soborno y al hurto, esas prácticas aberrantes se normalizan en el tejido social. El ciudadano común, al ver reflejada la impunidad en sus líderes, corre el riesgo de abandonar sus principios para convertirse en parte activa de una sociedad de cómplices. Este fenómeno, advierte el autor con una metáfora desgarradora, es más destructivo que un cáncer tumoral en un cuerpo que alguna vez lució sano. No se puede exigir honestidad a una generación si el ecosistema público premia la viveza criolla y castiga el mérito.
Frente a este panorama, la propuesta final de Toribio Azuaje surge como una pequeña pero potente luz de esperanza: la solución no vendrá de grandes decretos gubernamentales ni de promesas políticas vacías; nacerá desde los pequeños núcleos de resistencia ética: la familia, la escuela y el trabajo. Cada uno de estos espacios debe transformarse en una trinchera que rescate el valor del mérito, promueva el diálogo frente a la violencia y erradique la irresponsabilidad que se ha vuelto costumbre. La conciencia ciudadana es exactamente como la tierra del conuco: no produce frutos por germinación espontánea, requiere ser sembrada con paciencia, regada con el ejemplo diario y cuidada con celo frente a las plagas de la corrupción.
Es imperativo e impostergable volver a la Formación Social, Moral y Cívica en nuestro sistema educativo. Debemos asumir la reconstrucción de la patria desde su base más humana, entendiendo que el ciudadano vale muchísimo más que un simple voto en una urna electoral. Se deben reabrir los talleres de ciudadanía en cada escuela. Escuchemos el sabio susurro que viene desde el conuco y atrevámonos, como sociedad, a sembrar de nuevo.

