Desde el conuco/ METAMORFOSIS O CUANDO LOS PRINCIPIOS SON UN ESTORBO


TORIBIO AZUAJE /

***»Frecuentemente hay más que aprender de las preguntas inesperadas de un niño que de los discursos de un hombre”
(John Locke)…

Según Franz Kafka en su novela Metamorfosis, un ciudadano de nombre Gregorio Samsa, despierta transformado en un insecto monstruoso y comienza a ganase el repudio de todos. Así inicia esta novela, pero en el caso que trataremos hoy comenzaremos por decir que hay Metamorfosis que ocurren ante nuestros ojos sin que ningún hilo discursivo finamente creado pueda justificarla.

Sobre el poder se ha escrito demasiado, la psicología, la sociología, la ciencia médica, han abordado este tema desde todos sus flancos. La sabiduría popular también tiene su manera de tocar este tema tan complejo y tan común que acompaña a las sociedades a lo largo de la historia conocida.

La Metamorfosis en el poder comienza cuando llega el momento en que este se convierte en destino final y los principios comienzan a su vez a convertirse en un estorbo. En ese momento, en el lugar común de la práctica diaria del poder, se nota la ocurrencia de fenómenos que dejan ver cierta cambios que moldean la metamorfosis política y social generando un ecosistema que diluye cualquier método o forma de vivir en armonía.

Cuando sucede este fenómeno, en las conductas humanas suelen ocurrir frente al silencio de las multitudes adormecidas y convertidas en rebaño. Esta fenomenología no hace ruido, algunas veces no deja cadáveres, ni anuncian su mortal llegada. Su imperceptibilidad apenas se nota en pequeños gestos que se esconden entre el bullicio político que mueve los cimientos de la sociedad; a veces es una palabra que de pronto cambia de tono o una bandera que se mueve y se voltea, una mano que ayer señalaba y que hoy estrecha la traición, paso a paso desaparece una verdad que de pronto deja de serlo solo porque ya no conviene; de este modo se construye la narrativa de la infamia adornada con hilos de bondad.

¿Cómo comienza la metamorfosis? No la de la naturaleza, que tiene sus leyes y sus tiempos precisos, sino la de seres infames que descubren que sus principios pueden ser meticulosamente moldeados y doblados, para luego guardarlos en un bolsillo y sacarlos nuevamente cuando vuelva a ser necesario mostrarlos y ondearlos a la brisa que mueve las bandera en cualquier dirección.

La política mueve las sociedades y en ese mundo mutante que lo abraza todo, puede alcanzar dimensiones altamente sorprendentes. En este mundo tan cambiante, convulsionado y triste, suele detallarse la silueta de rostros de quienes ayer hablaban de dignidad y hoy actúan bajos las órdenes de la conveniencia. Quienes ayer denunciaban los abusos y atropellos, diendo que hoy recurren con gran facilidad a explicaciones torpes y malhabladas para justificarlos. Quienes ayer prometían cambiar las reglas, hoy las defienden con uñas y dientes porque aprendieron en el charco de la ignominia que esas mismas reglas constituyen su tabla de salvación que logra protegerlos.

Sin que nos demos cuenta, no siempre cambian los hechos, a veces cambia simplemente el lugar desde donde se mira y así aparece al final el símil del espejo del poder; este espejo tiene un comportamiento extraño, tiene la mágica particularidad que a algunos les refleja el rostro que siempre han tenido, pero a otros les entrega un nuevo rostro prefabricado en el oportunismo ramplón y lisonjero. Cierta gentecita, al llegar a la cima del poder prometen escuchar a la gente, pero muy temprano solo escuchan los pasos y susurros de quienes le garantizan conservar este poder que hoy consideran suyo para siempre como una herencia universal que la providencia les otorga. Es este el momento justo en que la gente se convierte en simple estadística y su necesidades apenas son discursos escuetos. Aquel ciudadano que ayer fue la razón de la lucha, hoy pasa a ser un cifra en una encuesta amañada o un voto en una elección nada democrática. Es así como la danza de la conveniencia entra en el juego a dominar los espacios.

Comienzan a cambiar los argumentos como quien cambia de camisa según sea la fiesta o actividad a la que asistirá, de modo que cualquier escusa resulta perfectamente justificable cuando la permanencia en el poder sea su principal motivación.

La verdadera metamorfosis política ocurre cuando se comienza a tener la presunción que se busca el poder para transformar la realidad existente pero terminan creyendo que hay que transformar la realidad para garantizar su permanencia absoluta en un poder que deja de ser transitorio.

Si algo nos enseña el conuco es que solo si sus raíces son profundas el árbol puede crecer vigoroso y fuerte. Las ramas del árbol pueden ser frondosas y puede mostrar abundantes hojas, pero cuando llega el verano fuerte, cuando el viento sacude la montaña, es la raíz la que decide si el árbol permanece de pie o sede ante la fuerza brutal de la naturaleza.

Cuando hablamos de principios sucede lo mismo. Solo quienes tienen convicciones éticas profundas pueden equivocarse, rectificar y cambiar de opinión sin perder un ápice de su dignidad. Pero si posee las raíces débiles o si carece de ellas, puede causar que el árbol se incline hacia cualquier lado donde lo mueva el viento. Cualquier promesa hace que la rama cambie de dirección. Podemos concluir que no todo cambio de opinión constituye una traición a los principios; justamente, el mayor acto de honestidad consiste en rectificar y hasta suele llevar consigo niveles de grandeza. La diferencia está en si el cambio se produce porque aprendió o por mera conveniencia.

De ninguna manera la silla del poder puede importar mas que el pueblo, allí es donde comienza el problema, en el momento en que el bienestar del pueblo pasa a configurarse en un segundo plano. Recordemos esto; gobernar es el arte de construir, de transformar, no el arte de permanecer y mantenerse. Al paso del tiempo los discursos comienzan a agotase, mientras el campesino clama por semillas y financiamiento, el enfermo atención, el estudiante oportunidades y miles de trabajadores salarios dignos.

El poder es un préstamo que el pueblo otorga a los gobernantes y todo préstamo debe devolverse. En el conuco aprendemos que nadie puede sembrar arroz y cosechar café. Los centros de poder tienden a olvidar que los pueblos por más silenciosos que parezcan tienen memoria. Hay una ley de vida que nos enseña que cuando nos toca entregar las herramientas, solo si lo haces con dignidad, pulcritud y con las manos limpias, podrás regresar al barbecho y ser recibido nuevamente en el conuco. toribioazuaje@gmail.com

Un abrazo, desde este maltratado pedazo de la tierra.

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