Homar Garcés /
Como lo plantea Raúl Zibechi en su libro Dispersar el poder, si se aspira a alcanzar un logro trascendental en nuestras realidades nacionales, habrá que repensar la relación existente entre movimientos sociales, Estado y emancipación, lo que debiera producir como efecto tangible que el poder se disperse, se distribuya y se construya desde múltiples espacios colectivos; ampliándose así tanto el concepto como el ejercicio participativo, popular y autonómico de la democracia. No importa que eso le suene irrealista a algunos. O que sea un atentado directo a los intereses de las clases privilegiadas. Sería una nueva manera de entender y de comprender la política, de producir una ruptura sistémica con la concepción verticalista y clasista tradicional, lo que podría contribuir eficazmente a lograr una verdadera transformación social, económica y política en beneficio de las grandes mayorías. La clave podrá ser, siguiendo con Zibechi, la construcción de espacios propios y alternativos, capaces de limitar la influencia del Estado y de desarrollar vínculos comunitarios, mecanismos propios de decisión, producción colectiva, defensa territorial, redes de solidaridad, educación comunitaria y prácticas colectivas que reafirmen el ejercicio real de la soberanía popular; al modo como lo propuesto en Venezuela por el presidente Hugo Rafael Chávez Frías: el Estado Comunal, de una manera integral y multidimensional.
Sin embargo, hay que reconocer que una propuesta de esta naturaleza puede naufragar y diluirse si las distintas organizaciones populares se adhieren a las estructuras estatales y partidistas clásicas, perdiendo su esencia de autonomía crítica y viéndose obligadas a hacerlo si aspiran a obtener acceso a recursos y reconocimiento oficiales. Puede suceder igualmente que el liderazgo, la representación, la toma de decisiones y la distribución de responsabilidades originen fricciones a lo interno de tales organizaciones al constituirse estructuras centralizadas y burocráticas que sean contrarias a la construcción colectiva y horizontal de relaciones sociales desde abajo, lo que es decir, la construcción novedosa y creativa -sin ser de ningún modo utopista- de una forma de poder diferente. No sería algo difícil de concretar. En cuanto a ello, existe un extenso historial de experiencias y de propuestas políticas, geopolíticas, económicas, sociales y culturales positivas que respalda la viabilidad y la solidez de un proceso revolucionario de tales características. Incluso en un panorama como en el cual se halla Venezuela. Ésa es, sin duda, la ventaja que tiene aún el chavismo frente a las acciones de sus opositores internos y externos. Lo que no se puede obviar al analizar, sin sesgo alguno, los acontecimientos de este último año. La legitimidad histórica de la revolución bolivariana, por tanto, no puede denegarse aún con estos factores negativos encima, en una impugnación producto de la subjetividad de aquellos que dudaron de su viabilidad y de quienes ahora reclaman posiciones que jamás ayudaron a levantar.
Lo que hace casi un siglo advirtió Antonio Gramsci: «la indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello que no se puede contar». Con una situación singular, poco o nada esperada por todos los venezolanos, es preciso vencer la frustración, el desánimo y la apatía que pudieran envolver a muchos, creyendo en la imposibilidad de revertir esta penosa situación, apelando principalmente a la concienciación de los sectores populares como un primer peldaño a alcanzar para una más fructífera y fortalecida organización revolucionaria del pueblo. Entendida ésta desde su base social y económica, con una propuesta de transformación estructural que abarque lo político con una concepción donde prive la soberanía del pueblo en todo momento y lugar. Se trata de modificar la vieja concepción de la política por una que sea verdaderamente revolucionaria, cambiando los soportes del poder y consolidando la hegemonía popular, con lo que se podrán deshacer las tramas desestabilizadoras y antipopulares de aquellos que nunca han compartido la escandalosa idea de una democracia de base plebeya o popular. Vale preguntarse si realmente alguna vez estuvimos de acuerdo con Chávez.

