Nuestras vulnerabilidades


Luis Fuenmayor Toro /

Siempre escuchamos, ante contingencias como la actual, que “somos vulnerables” y asentimos sin mayor discusión, ni reflexión. Algunos, prejuiciadamente piensan que ése es un problema de este siglo, generado por el gobierno de la revolución bonita, que ya todos sabemos en qué se convirtió. Lo hacen sin mayor análisis, ni mucho menos conocimiento, simplemente de la forma prejuiciada y dañina como siempre lo hacen, sin que esto quiera decir que los gobiernos de este siglo se hayan preocupado particularmente por sacarnos de esa vulnerabilidad o no haya actuado en función de profundizarla. Otros van un poco más allá y extienden el hecho a todos nuestros gobiernos, por lo menos desde 1958, lo cual de nuevo puede ser cierto, sin que nos ayude mucho a enfrentar el problema. El extremo más nocivo de esta forma de pensar es cuando se responsabiliza a todo el gentilicio venezolano o latinoamericano, como la tesis aquélla de que “no somos suizos”, que nos condena perpetuamente a seguir donde estamos.
Catástrofes naturales hemos tenido como para estremecernos y haber asumido las conductas apropiadas. Principalmente han sido de carácter hidrometeorológico y sísmico y, para hablar sólo desde 1958 para acá, voy a recordar los cuatro siniestros que considero más impactantes: el terremoto de Caracas del 29-7-1967, de 6,7 grados Richter, 55 segundos, epicentro en el Caribe a 70 km de la capital y 236 fallecidos, dos mil heridos, 80 mil damnificados, seis edificios derrumbados, 180 muy dañados y 40 inhabitables; la vaguada del rio El Limón en Aragua, desastroso deslave e inundación aluvial del 6-9-1987, que arrasó con barrios y pueblos y dejó 100 muertos, 300 heridos, cientos de desaparecidos y miles de damnificados; el terremoto de Cariaco el 9-7-1997, 6,9 grados Richter, 51 segundos y 73 fallecidos, y la vaguada de Vargas (hoy La Guaira) el 15-12-1999, que afectó 13 estados, luego de dos semanas de fuertes lluvias, saturación de los suelos y corrientes de agua en las superficies de las laderas montañosas, con el deslizamientos de barro, rocas y árboles de la Cordillera de la Costa hacia el mar, destruyendo y sepultando barrios y pueblos enteros, con miles de muertos, heridos y damnificados.
Lo cierto es que cada vez que hay una catástrofe natural de estas magnitudes, como la actualmente en desarrollo con los sismos del 24 de junio, surge la preocupación por la vulnerabilidad de la nación, pero luego lo olvidamos, con excepción de los expertos investigadores en la materia, quienes nunca han dejado de estar atentos a esta situación, de estudiarla a fondo, publicar sus resultados para todo el mundo y levantar su voz cada vez que pueden, para alertar sobre un contexto peligrosísimo para Venezuela y urgir a que se tomen medidas definitivas, de previsión y preparación para enfrentar esta infame situación. Medidas que corresponden, en primera instancia, a quienes gobiernan, pues son ellos quienes deben garantizar la seguridad de la población, lo que no libera a los políticos opositores de sus responsabilidades, ni tampoco libera a la sociedad en general de sus compromisos en ésta y otras muchas materias. Simplemente ponemos las cosas en su sitio.
Es claro que, en el momento actual, en presencia de una catástrofe originada por dos sismos de elevada intensidad, resulta absurdo, perverso y aborrecible, su uso politiquero en la diatriba cotidiana existente en el país. Que lo digamos, sin embargo, no va a evitar en absoluto que ocurra, pues la desintegración de la ética y la descomposición moral de parte de nuestros compatriotas, es realmente gigantesca. La deshumanización campea en el país, sin que los pseudo humanos se den cuenta de ello. Generalmente sólo la ven en el adversario. Pero no hay que confundir la conducta de quien disfruta de lo sucedido, pues piensa que lo favorece en su cruel lucha por la toma del poder, con la legítima crítica de lo ocurrido.
No hay duda de que las lluvias copiosas y las inundaciones son las causas naturales más frecuentes e importantes de daños en Venezuela. Deben seguir los terremotos, que son además muy impactantes. El actual lo ha sido, pues es el más grave habido excluyendo el de 1812. La gente se ha movilizado en solidaridad, el gobierno también lo ha hecho, pero con grandes limitaciones debidas a la falta de preparación, la improvisación, la ausencia de experiencia y la pésima situación en que nos encontramos desde hace ya muchos años; no nos olvidemos de las sanciones, ni de la invasión. Estuvo lejos de ser previsivo, lo que es una falla también de los gobiernos puntofijistas. Es más que evidente que la “tristemente famosa unidad cívico-militar-policial” no nos ha servido para mucho. No se ve tampoco la acción masiva de los millones de milicianos y militantes del PSUV. Ojalá mejore su desempeño, por el bien de todos. Mi solidaridad con los afectados.

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