‎La política del interregno: el colchón que flota y el vaciamiento de la representación

ALDO ROJAS /

‎Hay dignidades que no aparecen en ningún documento oficial. No tienen expediente, no generan estadística, no merecen comunicado. Son dignidades silenciosas, sostenidas apenas por la voluntad de seguir de pie cuando todo alrededor empuja hacia abajo. Dignidades que este país ha aprendido a ignorar con una eficiencia que debería avergonzarnos.

‎Esta es una de ellas.

‎Se llama Carmen. O María. O Rosa. Tiene el nombre que tienen todas las mujeres que este país ha aprendido a no ver.

‎Vive donde viven muchas de ellas: en una casa que la lluvia no respeta. Paredes que el tiempo ha ido cediendo. Un techo que dialoga mal con el agua. Y cuando llega la temporada — y siempre llega — el piso desaparece bajo el nivel del agua y sus pocas cosas comienzan a flotar. Su ropa. Sus alimentos. El colchón donde duerme, porque cama no tiene, emerge como una balsa sin destino dentro de su propia casa.

‎Ella espera de pie que escampe. Lo ha hecho antes. Lo volverá a hacer. Nadie llega. Nadie llama. Nadie resuelve lo que se resolvería con voluntad política, quince  sacos de cemento y 25 láminas de zinc.

‎Salvo en época de elecciones.

‎El síntoma más depurado de una crisis política no se localiza en los salones de negociación ni en la pirotecnia de los comunicados de prensa. Se encuentra en la periferia, allí donde la precariedad material del ciudadano expone la desnudez del Estado. Lo que flota en esa casa no es solo un enser doméstico. Es el pacto social democrático en su totalidad.

‎I. Zonas marrones y el simulacro de la ciudadanía

‎El politólogo Guillermo O’Donnell acuñó el término «zonas marrones» para describir aquellos espacios donde el Estado posee presencia legal y burocrática funcional — hace elecciones, recauda impuestos, mantiene nominalmente sus oficinas — pero es absolutamente incapaz de garantizar la ley, los servicios públicos básicos o la dignidad material de sus habitantes.

‎En estas regiones, la noción de ciudadanía se devalúa hasta convertirse en una ciudadanía de baja intensidad. Carmen es plenamente ciudadana ante el padrón electoral: se la busca, se la cuantifica, se le extrae el voto bajo lógicas de clientelismo electoral residual. Sin embargo, una vez clausurada la jornada de votación, vuelve a ser el objeto del discurso de las élites y deja de ser el sujeto de la política.

‎En época de elecciones sí aparecen. Llegan con sonrisas entrenadas y palabras que suenan a promesa. Hablan de cambio. Hablan de futuro. Hablan de ella sin mirarla, porque en realidad no hablan de ella sino para ella — que es distinto: ella es el destinatario del discurso, no el sujeto de la política. Le piden el voto. Ella lo da, porque qué otra cosa puede dar quien no tiene nada más que dar. Y ellos se van. Y el agua vuelve.

‎El voto pierde así su función democrática de rendición de cuentas y se reduce a una transacción asimétrica de supervivencia a corto plazo.

‎II. La cartelización y el autismo cupular

‎¿Por qué la oferta política se empeña en repetir ciclos idénticos que administran la expectativa sin resolver el problema de fondo? La respuesta descansa en la tesis de Peter Mair y Richard Katz sobre la cartelización de los partidos políticos.

‎En sistemas con severo desgaste institucional, las cúpulas partidistas — independientemente de su signo ideológico — tienden a comportarse como un cartel. Su principal objetivo pasa a ser la autopreservación, la distribución de cuotas y el control del acceso al juego político. La política se profesionaliza, se estetiza y se aísla en una burbuja autorreferencial.

‎El debate público se reduce entonces a la fotografía de la unidad y a la redacción de hojas de ruta abstractas que carecen de toda correlación con la infraestructura de un canal o el drenaje de un barrio. Cada ciclo tiene su momento fundacional: el instante en que se anuncia que esta vez es diferente, que los errores del pasado han sido aprendidos, que la dirigencia ha madurado. Ese instante se documenta, se difunde, se celebra. Y luego se archiva junto a todos los instantes fundacionales anteriores, que también fueron diferentes, que también prometieron ruptura, que también terminaron en el mismo lugar.

‎III. El interregno y el transformismo cosmético

‎Antonio Gramsci escribió desde una celda fascista que la crisis consiste en que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. Lo escribió hace casi un siglo. Lo escribió para otro continente. Y sin embargo describe con precisión quirúrgica lo que ocurre cada vez que esa clase política se reúne, se fotografía, aprueba una hoja de ruta y regresa a casa.

‎Cada ciclo que la opinión pública celebra como ruptura suele ser una operación de transformismo cosmético. Se altera el empaque, se renueva el acrónimo de la alianza, se refresca el discurso. Pero se conserva intacta la misma lógica cupular de espaldas al territorio. Mientras el interregno se prolonga, surgen los síntomas morbosos que Gramsci también anticipó: la apatía colectiva, la desintegración del tejido social, el escepticismo radical de una base social que ya no espera nada de la deliberación institucional.

‎IV. El fin del crédito democrático

‎El costo de cada ciclo repetido no se mide en cifras políticas. Se mide en años. En decisiones postergadas. En jóvenes que esperaron el cambio que no llegó y un día dejaron de esperar y se fueron. En familias desintegradas no por elección sino por agotamiento. En proyectos de vida que se diseñaron aquí y se ejecutaron en otro país porque aquí el futuro siempre está a punto de llegar y nunca termina de llegar.

‎Y se mide en colchones que flotan.

‎La crisis venezolana tiene múltiples responsables: quienes la originaron como proyecto de poder, quienes se beneficiaron de ella desde adentro, y quienes debiendo representar una alternativa real prefirieron las reuniones estériles a la calle, el comunicado al sudor de la gente, el mensaje electoral al acompañamiento social. Factores políticos de todo signo que solo recuerdan que Carmen existe cuando necesitan su voto — y que la olvidan en cuanto se apagan las cámaras.

‎Porque mientras se pacta con el pasado en salones con aire acondicionado y agua embotellada, el presente ocurre en una casa sin nombre. El presente es ese colchón a la deriva. El presente es Carmen de pie en el agua esperando que escampe.

‎La pregunta es más antigua y más honesta: ¿es capaz esa dirigencia de ver a Carmen? ¿De verdad verla, no como voto sino como ciudadana? ¿De entender que cada pacto con el pasado es una condena renovada a su presente?

‎Lo nuevo no vendrá de los salones. Vendrá de las casas inundadas, de quienes decidieron — con la poca dignidad que les queda — no volver a dar lo que tantas veces les fue devuelto en nada.

‎La historia llama a cada cosa por su nombre. Y al olvido deliberado de Carmen también le llegará el suyo: el vaciamiento de la representación.

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